Aída Trujillo

marzo 18, 2010

Columnas publicadas en el periódico El Nacional, violencia de género

Existen en España diversas organizaciones dedicadas a prevenir la violencia de género y doméstica y a intentar aliviar sus consecuencias.  Esto, claro, cuando llegan a tiempo para evitar que se produzcan víctimas, muchas de ellas, mortales.

Dentro de los tres “cuerpos” policiales, es decir la Guardia Civil, la Policía Nacional y las diferentes Policías Municipales o Locales, hay secciones consagradas esencialmente a ello.

Tengo el gusto de conocer a un funcionario especializado, Nazario, Policía Nacional.  Cuando le conocí, por su forma de ser, su delicadeza y una educación intrínseca, y como no suele vestir el uniforme que le corresponde, pensé que se trataba de un psiquiatra o un psicólogo infiltrado.  Nos hicimos amigos y le tengo un gran afecto, al igual que a su familia.  Nazario me ha contado, sin mencionar nombres, unas cuantas historias.  Muchas de ellas muy tristes.  Como por ejemplo esta que paso a relatarles.

Se trata de la de una joven de algo más de treinta años de edad que, cansada del acoso de un hombre, se dirigió al destacamento (comisaría, allí) policial más cercano y narró su caso al oficial de turno.

– Hay un hombre que vive obsesionado por mí.  Me persigue, me llama por teléfono incesantemente.  Hasta se ha presentado, en varias ocasiones, en mi puesto de trabajo.  Allí he tenido que disimular, evidentemente…-

El policía tuvo que hacerle algunas preguntas indiscretas como que si había llegado a mantener relaciones íntimas con él.  Ella le contestó que,  a lo máximo que habían llegado, era a un “flirteo” provocado por una ligera borrachera y en presencia de algunos amigos comunes.  Añadió que, un principio, él le había parecido ser buena persona.  Decidió, al día siguiente,  ponerle “los puntos sobre las íes”, para no hacerle daño.  El hombre le contestó que se conformaba con su amistad pues ella le parecía una persona encantadora e interesante.

De modo que el asunto parecía haberse zanjado de forma positiva.  Pero, algunos días más tarde, la insistencia de aquel hombre se pasó de lo normal.  La llamaba a todas horas, le pedía verla y, cuando ella, harta, se negó por enésima vez,  empezó a llorarle y a amenazarla.

El policía aconsejó que lo que tenía que hacer era ponerle  una denuncia por amenazas y solicitar, además, una orden de alejamiento.  Pero a ella le dio pena y no lo hizo a pesar de aquellas sabias advertencias.  Un día en el que él le suplicó, ella le abrió las puertas de su casa.

Apareció muerta, apuñalada.  Aquel  hombre no había podido soportar su rechazo y la asesinó.  Después se entregó a la policía y corroboró la declaración que ella había hecho.  Pero, por desgracia, la joven ya había perdido la vida.  En España ocurren muchos de estos casos, por desdicha, aunque es verdad que los “cuerpos” de policía están muy alertas.

Algo que me produce gran tristeza es que aún existen hombres que hacen “chistes” al respecto.  O que justifican a asesinos que han matado a sus víctimas por no dejarles ver a sus hijos, por tener que pagarles una pensión, u otras causas más o menos graves.

Algunas mujeres, claro, se aprovechan de cómo están ahora las leyes.  Eso es inevitable cuando “la balanza” tiene que volver a equilibrarse.  Pero ¿esos crímenes se pueden justificar por mucho que esas personas saquen provecho de la situación?  Yo digo que no.  Y la mayoría está de acuerdo conmigo, gracias al Cielo.  ¡A cada cual su opinión!

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