Aída Trujillo

marzo 22, 2010

A la sombra de mi abuelo, disertación del escritor Odalís G. Pérez

Narración, Fábula y universo de sentido.

“A la sombra de mi abuelo” de Aída Trujillo
Por Odalís G. Pérez

lunes 22 de marzo de 2010, actualizado hace 11 horas, 27 minutos

Leer un universo de sentido a través de la narración y la fábula que le sirve de base, implica algunas operaciones, no solo imaginarias, sino también sociopolíticas y textuales que podemos advertir en un determinado género literario o discursivo. El texto narrativo o específicamente novelesco, transmite registros que se contextualizan en un arqueado de eventos reales o ficticios, pero sobre todo organizados en un eje de escritura, imaginación y fabulación.

Esperar de una novela una respuesta histórica, aun la misma parta de un hecho histórico, o puntualmente político, o respuesta política, significa equivocar el trayecto, la travesía literaria y ficcional de un texto novelesco articulado sobre un modo y un mundo posible de sus personajes y narradores estratégicos.  No debemos olvidar que A la Sombra de mi abuelo (2008) es un texto novelesco basado en un tema que la autora escoge desde un yo encarnado, invertido y desinvertido, posicionalmente narrado desde varias voces implicadas en la red de los veinticuatro ritmemas, inserciones, “tememas” y narratemas que componen y se recomponen en la narratividad de A la sombra de mi abuelo.  (Ed. Norma, Santo Domingo, 2009, 2ªedición).

Debo expresar que lo único que puede ser el texto de Aída Trujillo es novela, tal y como lo precisó el jurado que le otorgó el “Premio de novela 2008”.  Un sondeo a más de 120 lectores realizado por nosotros en un pesquisa sobre dicha novela, nos dice que las opiniones en tal sentido se inclinan inclusive, a favor de la “calidad narrativa” de la novela.  No quiero en este momento entrar en aspectos estructurales de las opiniones de lectores al respecto y en dicha encuesta.  Me basta con saber que los niveles de lecturabilidad del texto en cuestión, se inclinan por dicho género narrativo y por la lógica textual en el orden de un argumentario aparentemente ficcional y testimonial que evoca los varios momentos de la autora, reconocida como personaje y función en la novela.

Es por eso que A la sombra de mi abuelo abre incluso posibilidades de relato en sus “dobletes” actanciales y en sus hilos de conducción narrativa.  Las secuencias se llevan a cabo en un tipo enunciativo revelador de una diégesis y una historia concatenada con sus incidentes o accidentes ficcionales.  El cuadraje por donde circulan personajes como Ramfis Rafael, el doctor Morgan, Aída, Octavia Ricart Martínez, Tantana, Nieves Martínez, Pedro Adolfo Ricart, María Martínez, Dulce la Fiel, Adulación, Perdigón, Luigi, “Tinín”, José Manuel, Chopera, Pepa Martínez, Paloma y otros, se justifican en el trazado imaginario y narrativo de la novela.

Pero lo que no se ha podido advertir en A la sombra de mi abuelo es el “estado de personaje”, encarnado mediante el yo-Aída-personaje y el yo-narrador-narratario que incluye lo que es el territorio presentificado en el relato novelado y sus líneas de articulación expresiva y temática.  Se trata, pues, de un material narrativo donde la autora habla, dice su contenido mediante lo fantasmático de sus eventos-secuencias y tópicos narrativos.

Cada núcleo centrado en la voz direccional de la narradora espacializa, temporaliza y actorializa, en el sentido greimasiano de estos términos, la relación entre forma de la expresión forma del contenido en la novela.  Los diferentes focos que encontramos en los activadores textuales 1, 2, 3 y 4 (ver, pp. 11-68), constituyen planos narrativos donde los predicados funcionales del texto novelesco ayudan a construir el contexto-espacio-mundo, sobre la base de sus líneas morfológicas y propiamente enunciativas, tal como se hace observable en el capítulo VI, a propósito de los actores “Difteria”, “Muerte”, “Rafael”, “Julia” o “María Julia”, “Dolor” y Enfermedad, entre otras.

Los ejes narrativos marcados por las pautas novelescas narrativizan el orden actancial en A la sombra de mi abuelo:

Rafael Leonidas Trujillo Molina contaba con solo cinco años de edad y se debatía entre entre la vida y la muerte.
Difteria era el nombre de la parca y le visitaba a diario con intención de llevárselo de este mundo.
Sus atribulados padres seguían teniendo un pequeño rescoldo de esperanza porque doña Chen, la santera del pueblo, había prometido que vendría a verle.
En el mismo momento en que llegó a la humilde casa, la anciana puso cara de asco cuando vio a Muerte, que vestía sus mejores galas, sentada al lado del chiquillo que miraba hacia otro lado e intentaba ignorarla.
Aquella misma noche y a pesar del cansancio que le invadía, Rafael permaneció despierto, aunque cuando su madre entraba él se hacía el dormido.
De pronto vio como una luz resplandeciente que penetraba por la angosta ventana de su humilde cuartito y que, tras ella, entraba un ser blanco, transparente, y desmesuradamente alto que le dijo…
¡Rafael, soy tu patrono, no tengas miedo!
Todavía no ha llegado la hora de que abandones la tierra.  (Cap. VI, p. 69)

Cada estructura mitográfica y fantástica, produce como elemento integrador y temático, un efecto alegórico y a la vez simbólico importante para reforzar la trama novelesca.  Lo que activa el personaje es justamente aquello que la voz autorial figuraliza en la lectura interna y externa de la novela.  Las líneas de relato, construyen también la travesía de Rafael Leonidas Trujillo Molina en el marco de la fábula-novela y sus trazados complementarios o predicativos:

    “Al cabo de tres días y sus tres noches, el niño abrió los ojos, llamó a su madre y le dijo que tenía hambre.  Julia pensó que su hijo estaba delirando y fue corriendo a despertar a don Pepe, su marido.  Pero Rafael estaba bien despierto, se sentía perfectamente y devoró todo lo que ella le trajo” (ver, p. 70)

Ciertamente, las pautas narrativas y el ritmo narrativo reconocido en la estructura de superficie, son los que hacen de este texto una novela y no historia o testimonio.  Pues el mismo hecho de que la autora utilice el marco testimonial, es que permite o lo hace movilizar desde el punto de vista meramente ficcional, las visiones propias de la novelista y su elección o elecciones particulares.

El arqueado biográfico y por lo mismo temático y narrativo, garantiza una ilocución marcada por sus indicios, tramados y funciones narrativas:

    “José Trujillo, su padre, era extremeño y como tantos otros españoles en la época había emigrado a Dominicana, buscando nuevos horizontes y mejores oportunidades.  Allí conoció a Julia Molina, una joven de estatura pequeña, rasgos bellos y dulces, ligeramente mulatos, muy piadosa, afable y amorosa y que se convertiría, posteriormente en cariñosa madre de sus hijos” (İbídem.)

La determinación de una “cursividad’ narrativa en la novela, desarrolla un campo de producción estético-verbal que enuncia y anuncia la ascendencia familiar de Rafael Leonidas:

    “En San Cristóbal, la ascendencia haitiana de Julia estaba mal vista.  A menudo la mujer se disgustaba con sus convecinos por el trato que daban a algunos de sus hijos, los de piel más oscura, y a ella misma por ese motivo”.  (Ibíd., loc., cit.)

Parecería que la problemática haitiana marcada como epígrafe en el capítulo VI y como secuencia insertada en la página 77, resalta el asesinato, la historia, el relato de “el corte”, llevado a cabo en 1937 por el abuelo de Aída, “y por desgracia” con “el apoyo de muchas compatriotas”.  El relato forma parte del argumento narrativo, equilibrando en el capítulo dos fases o focos de contenido del problema:

1ª fase
    “Muchos de los haitianos que permanecieron indocumentados en Dominicana corrieron peor suerte que sus hermanos.  Por orden de Trujillo y de sus secuaces, miles de ellos fueron asesinados impunemente.  Pero el mandatario intentó convencerse de que aquel genocidio había sido altamente justificado y necesario.  Y, en aquellos momentos, le amparaban su espíritu nacionalista y, por desgracia, el apoyo de muchos compatriotas”

2 ª fase
    “Además, un hecho histórico acontecido a principios del siglo anterior también le animó a cometer aquella terrible matanza.  El emperador de Haití hubo promulgado una orden similar en contra del pueblo dominicano.  La barbarie se produjo durante una ocupación haitiana de la que finalmente la República Dominicana se proclamó vencedora.  El triste suceso parecía tener el poder de aquietar a Trujillo”.

Las dos fases citadas de dos acontecimientos con implicaciones históricas directas, hacen que la novela “ensaye” un Factum del mundo real, documentado también como problemática no solo histórico-política, sino como trasunto ético-ontológico y fantasmático:

    “Trujillo consiguió lo que parecería imposible, y mantuvo buenas relaciones diplomáticas con las autoridades de la República de Haití, gracias a la donación de una importante suma de dinero.  Considerando que la vida de un ser humano no tiene precio, no lo fue tanto.  Gracias al dinero y al poder, que pueden resultar más nocivos que una droga dura, Trujillo soterró durante mucho tiempo el mal sabor que le dejaban algunas de las pesadillas en las que se veía a sí mismo, asqueado, nadando en un mar de sangre.  La sangre de miles de personas de cuya vida él se había adueñado y que, en sueños, venían a reclamarle”.

Al leer este complemento narrativo de las dos fases citadas anteriormente podemos destacar la combinación de dos narratemas o unidades composicionales de relato, también observables en la novela y que producen un efecto de conmutación de código en la escritura.  Se trata del nivel ensayístico y el nivel propiamente narrativo, novelesco, mezclados ambos en un mismo ritmo y movimiento.  El primero asegura el argumento histórico y el segundo el fabulario como posibilidad e invención.

Esta estrategia posicional de la escritura ha llevado a algunos periodistas, críticos y ensayistas a equivocar la lectura de la novela y a plantearse si la misma es testimonio, historia o proselitismo.  Pero el error de este planteamiento y sus aseveraciones erráticas o erróneas, surge de la mala lectura del texto.  En este sentido, la autora le gana el juego a sus “desnutridos” y pobres contrincantes, alímentados solo por el hecho de que el personaje Aída no es la autora, ni mucho menos la nieta de Trujillo, sino más bien el pretexto de la novela.

¿Cómo probar entonces que la novela es historia, testimonio sincero, justificación histórica, defensa del padre, del abuelo, en fin, de la familia Trujillo?  El error de una lectura cuasi “bolchevique”  de la novela A la sombra de mi abuelo, está en la mala formación literaria de sus críticos y sobre todo de la deficiente y tergiversadora mirada política del universo novelesco presentado y narrativizado por la autora.

La relación entre historia y novela no desafirma el universo elegido por un autor o autora de motivos verosímiles o inverosímiles.  Y en este caso, en la República Dominicana el tema de Trujillo y su Era, ha dado lugar a muchos textos mal conformados y astutamente asumidos como política de la interpretación, sin advertir que toda novela histórica o historia novelada es, ante todo, literatura, modalidad de lo imaginario marcado por lo verosímil y lo inverosímil.

La discusión bizantina sobre si A la sombra de mi abuelo es novela o no, historia o novela, desconoce lo que es un género discursivo o enunciativo.  Y así, en la prensa dominicana, a propósito de esta novela, se han generado discusiones de semidoctos que pueban lo poco que en el país se ha trabajado, escrito y publicado sobre teoría de la novela e historia y crítica conceptual.

El texto escrito e inscrito por Aída Trujillo, en este caso, remite a una cardinal temática y narrativa que trasciende la tensión o tensividad existente entre historia y literatura, historia-ficción y verosímil-inverosímil, máxime si se lee atentamente el comienzo mismo de la novela que parece borrado, olvidado, desleído por los críticos o periodistas que participan en el debate sobre dicho texto.

La pauta narrativa es lo que asegura la inscripción de real de dicho texto y escritura:

    “Desde un lugar etéreo y que  después olvidaría para siempre, el alma de Aída decidió encarnarse en las entrañas de Octavia Ricart Martínez.  Nacería en una nueva vida como hija  suya y de su esposo, Rafael Leonidas Trujillo (hijo) más conocido como Ramfis”.  (op. cit. p. 11)

Lo novelesco, lo novelado, lo novelable es lo que como predicamento narrativo de un tópico propuesto, se hace legible en los ritmos de la escritura.  El predicado inicial de dicho narratema se concretiza en la siguiente unidad narrativa:

    “Aída Trujillo Ricart, ocuparía un cuerpo de niña, sano y bien proporcionado, que con los años se convertiría en el de una mujer bella.  Ella, sin embargo, sería tan poco consciente de ello, así como de otras virtudes que durante su vida haría suyas, que mendigaría el amor y la aprobación de los demás mucho, mucho tiempo” (Op. cit., İbídem)

Las peripecias y fórmulas del género novelesco abundan en el trazado de superficie de la novela, así como en el operante de profundidad de la misma.  Leemos a seguidas, y en la misma página de comienzo, las siguientes:

    “Aída no recordaría, por su puesto, que en su encarnación anterior ella había existido siendo un varón, poderoso y bien parecido, nacido en un hermoso y floreciente país del continente europeo que pertenecía a una familia de rancio abolengo”.

La continuidad de aquel foco imaginario se traduce de inmediato en un predicado textual de base explicativa y motivacional:

    “Sin embargo, aquel hombre que ella había sido, utilizó de forma errónea los privilegios de los que gozó durante su corta vida, eligiendo un camino equivocado”.

Las dos citas precedentes encuentran su forma conclusiva en la siguiente:

    “Nunca amó ni respetó a nadie ni a nada, con la única excepción de las riquezas materiales, el poder y la vida disipada e inmoral que llevaba…”

Entendemos que la falta de una lectura de profundidad de este foco narrativo de comienzo, ha hecho que gran parte del lectorado dominicano equivoque la idea de base de esta novela.  Si a esto le añadimos el falso control de la información diseminada con buena y con mala fe en los periódicos principales de Santo Domingo sobre el premio, fácil es reconocer que la novela se leyó, y aun se sigue leyendo ligada a los prejuicios de la más tergiversadora y teóricamente desnutrida crítica literaria con asiento en suplementos y columnas de opinión en periódicos del país.

Precisamente el escándalo que produjo la mal intencionada lectura de antitrujillistas de oficio y de “vividores de la fortuna histórica y crítica de Trujillo, a propósito de A la Sombra de mi abuelo, demuestra que la literatura posee un estatuto de libertad, imaginación y lenguaje atado a una sola política de la interpretación histórica y social.

El jurado que premió en el concurso anual de novela 2008 A la Sombra de mi abuelo, premió una obra literaria y un género que admite todas las aperturas enunciativas, discursivas, estructurales y estéticas que soporta hoy  el mal llamado género novela.  No vemos pertinente en este ensayo hacer una historia y una teoría de la novela para probar que A la Sombra de mi abuelo es justamente una novela en el sentido técnico y estructural de la palabra.

Los hilos conductores propiciatorios de una narratividad explícita en su tratamiento, obligan a entender el texto en su travesía enunciativa, tópica y combinatoria, y sobre todo en su narrativa que particulariza los ejes posicionales de la misma.  El jurado que premió A la Sombra de mi abuelo no premio el trujillato, sino justamente una novela, un hecho imaginario, la textualidad narrativa y el orden escogido por su autora.

Otro aspecto que debemos destacar en este sentido es precisamente el carácter ficcional, verosímil y tensivo del texto en cuestión.  La lectura transversal de la novela implica en este caso el posicionamiento de la autoría y la revelación de un marco histórico asimilado al espacio espiritual de la autora y al territorio específico de la ficción novelesca.  La posición de género de la autora, ligada a vertientes masónicas, rosacruces, herméticas, espiritualistas, “rencarnacionistas” y origenistas, hacen de la lectura no solo un campo donde la política de la historia ocupa el foco principal, sino más bien complementario.

Todo esto argumenta a favor de una lectura direccional y abierta de la novela.  Contrariamente a lo que ha sido una embestida antitrujillista, pseudocrítica, pseudoteórica y atravesada por un prejuicio que, en todos los casos registrados, tiende a desinformar, a cambiar focos, divulgar equívocos y por lo mismo a malinterpretar textos sobre la base de una sola mirada, el escritor Diógenes Céspedes creó una “tribuna” en el Suplemento Areíto del Periódico Hoy, a propósito de premios, editoras, jurados puestos al desnudo”, valor literario, jurados y premios; sobre autobiografía, sobre el yo de la verdad, entre otros, todo esto a partir de la novela de Aída Trujillo.

Lo que se ha hecho visible en las publicaciones de Céspedes, no ha sido más que un exceso de desconocimiento sobre la teoría, la técnica y la historia de la novela no solo dominicana, sino universal.  Céspedes que, como ya hemos señalado en escritos nuestros anteriores, forma parte de una camada de “trujillólogos”, antitrujillistas y escritores de oportunidad, ataca la novela de Aída Trujillo como texto que define una heredad y como texto que aparta según el, de lo que es el género novela.

La incursión desinformativa y malintencionada de este “crítico”, revela una visión y un marco ya repetido y conocido en sus escritos, de sociologismo vulgar de comienzos de siglo XX.  Una actitud resentida y por lo mismo descalificadora notoria en todos sus llamados “escritos críticos” y políticos, lo ha convertido en autoridad de la mentira crítica, de los usos erráticos y falsos en la interpretación de textos literarios y poéticos.

Todo lo que ha publicado dicho “crítico” en el Suplemento sabatino Areíto del periódico Hoy en las fechas 18-7-2009; 25-7-2009 y 15-8-2009, principalmente, y, referente a A la Sombra de mi abuelo y su autora, desconoce las siguientes preguntas en torno a la novela dominicana:

¿Cuáles elementos específicos se pueden reconocer en la novela dominicana de nuestros días?
¿Se puede hablar de una forma de la novela dominicana actual?
¿Cuáles serían las características de la novela dominicana?
¿Se puede decir que la novela dominicana se apoya únicamente en el personaje de base de la misma?
¿Se podría hablar de un estilo o estilística formal de la novela dominicana?
¿Es la novela testimonio, ficción o verdad social?

Precisamente el desconocimiento, y, sobre todo el campo teórico e histórico de tales preguntas, es lo que ha dado lugar a la mala interpretación y a lo inexplicable de toda una masa informativa viciada por prejuicios de diversos órdenes.  Lo que ha permitido la poca comprensión literaria de A la Sombra de mi abuelo de Aída Trujillo,es justamente el obstáculo ideológico de una intelectualidad que sucumbe ante el prejuicio familiar, y que quiere escribir la historia a partir de la genealogía y los imperativos de la marca familiar, esto es, del apellido y la progenie.

En el libro titulado Primeras Novelas europeas del estudioso español Carlos García Gual, (publicado en Ed,. İstmo, Madrid, 1974; Biblioteca de Estudios Críticos), se registran varios tipos de novela y de novelar, procedentes de la tradición occidental cristiana, humanística, helénica, gótica, simbólica, arturiana, en fin, caballeresca y anticaballeresca.

La variedad de lo novelesco y de la novela como género cambiante, ha sido un punto de mucha discusión en el ámbito europeo, y extraeuropeo.  No hay una sola técnica, ni una sola perspectiva, ni tampoco una única visión o modo de concebir o escribir una novela.  Pero dicha problemática no es algo nuevo, ni un tema que carezca de explicaciones en el orden histórico o teórico.

En los ya conocidos escritos de Forster, Lukács, Adorno, M. de Riquer, Goldmann, Ricardou, Todorov, Bremond, Kristeva, Sollers, Barthes, Said, y una pléyade de teóricos, críticos y estudiosos de la novela, existen numerosos argumentos y tratamientos al respecto.  Pero además, en el contexto de la literatura latinoamericana, un archivo inmenso registra estudios específicos en torno a la problemática de la novela como texto, escritura, universo y función imaginaria.  (E. R. Monegal, A. Rama, A. Carpentier, A. Cornejo Polar, Josefína Ludmer, A. Roa Bastos, M. A. Asturias, Vargas Llosa).  Poco se conoce en la República Dominicana de nuestros días sobre teoría, historia y crítica de la novela.  Es por eso que una novela como A la Sombra de mi abuelo ha levantado tantas desinformaciones y dislates bizantinos sobre lo que es, o debe ser, una novela, o la novela como género narrativo.

Finalmente, entendemos que la novela A la Sombra de mi abuelo de Aída Trujillo, es un texto novelesco escrito para ser leído en una perspectiva literaria ampliada, pero que el mismo no debe ser defendido ni atacado, sino leído, analizado en sus consecuencias estéticas, formales, narrativas y comunicativas.

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1 comentario »

  1. saludo odalis, te escribe Luis Lorenzo Marmolejos de Puerto Plata, me gustaria saber de ti

    Comentario por paphioscasa — mayo 31, 2011 @ 6:50 pm | Responder


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