Aída Trujillo

junio 10, 2010

Publicaciones en el periódico El Nacional de República Dominicana

10 Diciembre 2009, 11:22 AM

Vivencias cotidianas de Allí y aquí

Escrito por: AIDA TRUJILLO

Cuando aterricé en Dominicana, pasados algunos días, decidí venir a visitar Juan Dolio ya que tenía intenciones de instalarme en este bello lugar.

Mi hija y yo cogimos una guagua, en el Parque Enriquillo, pero dejamos  a mi perro en la casa.  Durante el trayecto me pregunté, en silencio, si se me permitiría viajar con él cuando fuese necesario.

Mi perro Craken

Mi perro Craken

Transcurrido menos de un mes, cuando ya estaba viviendo aquí, me vi obligada a dirigirme a la capital.  Hasta ese momento, las idas y venidas, las había hecho en carro, acompañada por mi hermano o algún otro familiar o amigo.

Dejé al perrito en casa de unos amigos y me fui a la parada de la guagua.  Tenía intención de regresar por la tarde.  Aunque era temprano, el calor ya arreciaba.  Tuve suerte y me tocó un vehículo equipado con aire acondicionado.

Al subir, vi que los asientos que están detrás del conductor, que son los que prefiero, estaban vacíos.  Y me fijé en que, al lado, había una caja de madera roja, de proporciones considerables, con agujeros en ambos lados.  Pensé que contendría alguna batería o motor.  Me olvidé de ese detalle, salté por encima y me acomodé.

En la guagua reinaba un ambiente agradable y simpático, con música autóctona incluida.  La gente charlaba alegremente a pesar de que se dirigían a sus trabajos, en su gran mayoría. Todo parecía estar en armonía.

De pronto me entraron ganas de formar parte de ese alegre coro y aproveché la ocasión para preguntar al cobrador si podría llevar conmigo, en otras ocasiones, a mi perrito.

En España existe ese inconveniente.  En los transportes públicos no se pueden llevar mascotas.  Con la única excepción de los perros que acompañan a los invidentes.  También, avisando por teléfono, algunos taxistas lo permiten, siempre que vayan en su trasportín.

Se está estudiando una propuesta de ley que permita hacerlo.  Pero, hasta el día en que estoy escribiendo estas líneas, todavía está pendiente de aprobación.

El caso es que, cuando formulé mi pregunta, los señores de aquella guagua Juan Dolio-Santo Domingo, se echaron a reír.  Y, a continuación, la contestaron con otra, como tienen fama de hacer los gallegos:

– ¿Su perro está limpio?  ¿No tendrá pulgas, verdad? –

– ¡Claro que está limpio! – contesté yo, algo indignada – ¿Tengo acaso aspecto de ser dueña de un perro pulgoso? –

Los preguntados siguieron riendo y me aseguraron que, si estaba limpio, podría llevar al animal.

Al cabo de unos veinte minutos de viaje, un joven asió la caja de madera que estaba al lado, rozando mi pierna derecha, y se apeó.  Ahí fue cuando volvió a armarse un revuelo de carcajadas.  Yo no entendía el por qué de tanta risotada.  Entonces, el cobrador, de forma espontánea, se animó a aclararme el asunto.

– Doña…   ¿Usted sabe qué era lo que había adentro de la caja que se acaba de llevar ese muchacho?   ¡Nada menos que una culebra enorme, de qué sé yo cuántas libras!  ¡Y usted preguntando que si puede viajar con su perro! ¡Ja, ja! –

Alcancé a dar un grito.  ¡Había viajado, durante más de media hora, pegada a la culebra!   

– Y ándese con cuidado, doña… – me advirtieron – ¡A partir de ahora ese “pájaro” sabrá siempre adonde localizarla! –

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