Aída Trujillo

agosto 27, 2011

Publicaciones en el periódico El Nacional, Violencia de género psicológica, basada en una exposición de la Psicóloga Ana Martos Rubio

5 Agosto 2011, 10:45 AM
Vivencias cotidianas de allí y aquí

Violencia de género psicológica

Escrito por: Aida Trujillo Ricart (https://aidatrujillo.wordpress.com/)

El año pasado escribí una de tantas anécdotas que, por desgracia, se producen en el mundo entero, sobre la violencia física de género. Hoy voy a referirme a otro tipo de intimidación: el psicológico. No mata instantáneamente pero, como un veneno suministrado en pequeñas dosis, va asesinando la mente de la víctima.

La violencia psicológica es un conjunto heterogéneo de comportamientos, intencionados o no.

Desde el punto de vista jurídico español, tiene que existir la intención del agresor de dañar a la víctima para que se trate como un delito penado por la ley, pues implica una coerción, aunque no se utilice la fuerza física.

No se puede hablar, empero, del tema como tal, mientras no se trate de una situación continua o prolongada.

Un insulto puntual, un desdén, una palabra ofensiva, etc., son ataques, pero no lo que entendemos por violencia psicológica. Para que ésta se produzca, es preciso que pase un tiempo en el que el verdugo maltrate a su víctima, llegando a producirle una lesión psicológica.  Esa dislocación, sea cual sea su manifestación, es debida al desgaste emocional del torturado.

La violencia psicológica tiene dos caras: la pasiva y la activa.

La primera es la falta de atención hacia la víctima, cuando ésta depende del agresor, y/o el abandono emocional.

Sucede con los niños, los ancianos, los discapacitados o en cualquier situación de dependencia de la víctima con respecto al agresor.

Cuando, por ejemplo, los ancianos, menores o incapacitados son abandonados en instituciones, en donde cuidan de ellos, pero que nunca reciben una visita, una llamada o una caricia por parte de sus familiares.

Son formas de maltrato, no reconocido, los niños víctimas de abandono emocional, que  no reciben afecto o atención de sus padres, que no tienen cabida en las vidas de los adultos y cuyas expresiones emocionales, de risa o llanto, no reciben respuesta alguna.

 

La segunda cara de este tipo de agravio es el activo.  Tratos degradantes continuos, difíciles de detectar, porque la propia víctima, muchas veces, no llega a tomar conciencia de que lo son.

Las que son conscientes, en numerosas ocasiones, no se atreven o no pueden defenderse y no comunican su situación ni piden ayuda.

Estas personas son perseguidas con críticas, amenazas, injurias, calumnias y acciones que profanan su autoafirmación y su autoestima e introducen en su mente malestar, preocupación, angustia, inseguridad, duda y culpabilidad.

Otra, de tantas maneras de violentar, es el acoso psicológico que tiene el objetivo de destruir moralmente al otro.

Dentro de este tipo de asedio, no hay que olvidar el acoso afectivo. Éste se manifiesta con una conducta de dependencia en la que el acosador le hace, al acosado, la vida imposible, devorando su  tiempo e intimidad, con sus manifestaciones exageradas de afecto y sus demandas de amor.

Existen múltiples expresiones de violencia psicológica, por ejemplo, la “sobre protectora”, la “insospechada” e incluso la “consejera”, que tiene, a veces, un matiz de amenaza y acosa, imperceptiblemente, a  la persona que no se deja aconsejar.

La violencia psicológica es más difícil de demostrar que la física, porque sus huellas no son visibles a simple vista. El maltratador suele manipular a su víctima para que crea que exagera y logra que se sienta culpable. Lo mismo hace con su entorno, intentando demostrar que es un excelente cónyuge, familiar o amigo. Existen casos en los que la agresión es tan sutil y sofisticada que resulta casi imposible descubrirla. Pero siempre deja marcas psicosomáticas en quien las sufre.

Hay varias formas de detectarla aunque, por desgracia, muchos no las conocemos o no queremos conocerlas, sintiéndonos culpables si lo hacemos. Percibir la violencia que sufre otra persona es más fácil que cuando uno es  la víctima, porque desde fuera, las cosas se ven con mucha más claridad.

La violencia psicológica se puede detectar desde tres perspectivas:

La que padecemos nosotros mismos como víctimas.
La que padecen otras personas, también como tales.
La que podemos ejercer nosotros mismos como verdugos.

Como he comentado antes, desde la posición de víctima, a veces es difícil descubrirla porque, en estas situaciones, frecuentemente, desarrollamos mecanismos psicológicos que se ocupan de ocultar la realidad, cuando ésta nos resulta excesivamente dolorosa y desagradable.

Estos mecanismos tienen la finalidad de preservarnos de la angustia y del hecho de aceptar que somos víctimas de una situación reiterada de maltrato psicológico.  Sobre todo cuando la agresión proviene de una persona a quien estimamos, ya que eso supone una titánica carga de zozobra, difícil de digerir.

En estos casos, buscamos alguna justificación para la actitud del agresor e intentamos descubrir casos similares en nuestro entorno.  Con ello pretendemos compararlo y llegar a la conclusión de que, la nuestra, es una situación común y corriente.

Otras veces recurrimos a culparnos a nosotros mismos de lo que sucede y buscamos en nuestras actitudes, pasadas y presentes, el motivo que provoca el maltrato. Cuando esto ocurre, ya tenemos un indicio muy claro de que somos víctimas de violencia psicológica.

Del mismo modo que si nos sorprendemos realizando cosas que no deseamos hacer porque van contra nuestros principios o nos repugnan.  Al igual que si hacemos cosas porque, si no, entraríamos en pánico por el posible enfado del otro.  También si hemos llegado a la conclusión de que la situación dolorosa que sufrimos no tiene solución porque la merecemos, la hemos buscado o porque no se puede cambiar.

Si nos sentimos mal frente a alguien que nos produce malestar, inseguridad, miedo, emociones intensas injustificadas, una ternura que se contradice con la realidad de esa persona que provoca que nos consideremos poca cosa, inútiles, indefensos o tontos, ya hemos identificado a nuestro agresor.

Éste es, por desgracia, muchas veces el caso de los niños, de los ancianos, de las personas más débiles que sufren este tipo de violencia por parte de alguien de quien dependen y a quien no se atreven a delatar por temor a empeorar la situación.

Es también frecuente el caso de personas que han aprendido a no defenderse y a aceptar la situación como algo no solamente normal, sino incluso deseable.

Seres humanos, y hasta animales, que sienten que, hagan lo que hagan, van a ser castigados, que nadie les va a poder defender.  Y, de ese modo, van desarrollando una sensación de continuo fracaso y de impotencia, que las lleva a una actitud de pasividad en donde aprenden a no reaccionar frente a lo que les está ocurriendo.

Deberíamos conocer que tenemos un mecanismo neurológico, llamado “habituación”. Consiste en que, el sistema nervioso, deja de responder a estímulos cuando éstos se producen continuamente.

A veces somos conscientes de la hostilidad que sentimos hacia una persona pero no del maltrato que le ocasionamos.

Sentir rabia, envidia o rencor contra otros es natural, las emociones no obedecen a la razón. Pero sí podemos controlar nuestras acciones.

 

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