Aída Trujillo

octubre 4, 2012

Publicaciones en el periódico El Nacional, Aceptar a los demás como son, versión ampliada

1 Octubre 2012, 11:28 AM

Vivencias cotidianas de allí y aqui

Escrito por: Aida Trujillo Ricart         (https://aidatrujillo.wordpress.com/)

Aceptar a los demás como son

Este es uno de los grandes retos que nos impone la vida pues resulta muy difícil aceptar a los demás cuando su comportamiento no se ajusta a nuestro modo de pensar y de sentir. Pero, como también es una elección, el poder llegar a ello supone un auténtico camino a la plena libertad personal.

Sin embargo hay que tener la precaución de no caer en una mentira que nos perjudique. Cuando uno sienta que, para mantener el cariño de otra persona, tiene que renunciar a su esencia, e incluso rogar y sufrir innecesariamente, es mejor retirarse a tiempo.

Habría que meditar sobre el hecho de si se quiere a esa persona, en concreto, o a un ídolo forjado en nuestra mente. Para poder amar a los demás, tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos, sin caer en el egoísmo, algo muy diferente al auténtico amor.

El aceptar a los demás no implica el entregarles nuestro Poder Superior. Cuando tomamos las riendas de nuestra vida, impidiendo que nos afecte lo que el otro sienta, piense o haga, recibimos una gran lección que, aunque en un principio pueda resultar dolorosa, después nos resultará muy beneficiosa.

Esto lo voy aprendiendo, poco a poco, pero no siempre lo consigo, lamentablemente. Se necesita mucha práctica y fuerza de voluntad para lograrlo.

Pero, a través de mis experiencias, me he dado cuenta, cada vez con más frecuencia de que, cuando mi forma de sentirme, mi buen o mal humor, dependen de otra persona, le estoy entregando ese inmenso Poder Superior de mi Espíritu.

Se puede complacer, en múltiples ocasiones,  a los demás pero, repito, hay que ser cauteloso/a y saber diferenciar si únicamente estamos buscando la búsqueda de reconocimiento, de amor y de aceptación, lo que lo convierte en una insana necesidad.

Si complaciendo a los demás me olvido de mis propios deseos y dejo de escuchar lo que anhelo, a menos que sea por motivos auténticamente altruistas, y no por temor a no ser amado y aceptado, no estoy haciendo el bien a nadie.

Las personas creyentes saben que, según dicen las Escrituras, Dios decretó, en sus mandamientos, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. A pesar de todas las versiones que he llegado a leer, no he encontrado ninguna que dijese “…más que a ti mismo”. Esto es algo que, a lo largo de mi paso por la vida, me ha hecho meditar en más de una ocasión.

En términos generales, es nuestro deseo el querer mantener todo bajo control, que es lo que  realmente nos afecta, muchas veces sin percatarnos de ello. Y, obviamente, cuando alguien no responde a ese “control”, nos sentimos vulnerables y heridos, con las consecuencias que eso conlleva.

Entonces culpamos al otro por no ser como esperábamos.

Es, por lo tanto, muy importante el que entendamos que nuestro personal sistema de valores no es una regla que rige ni tiene que “gobernar” al resto de los seres humanos, y viceversa.

Lo realmente trascendental es que seamos coherentes con lo que creemos y dejar que los demás actúen del mismo modo y se rijan por su propia escala de valores.

Sería bueno también el saber agradecer las diferencias existentes entre los distintos criterios de las personas ya que, de ese modo, podremos compararlas y aprender de ellas.

El cegarnos, que es lo que se suele hacer cuando comienza cualquier relación, no nos  conduce a nada. Hay que intentar que “el amor no sea ciego”, en ningún caso.  Eso significa el aceptar, aunque no nos guste, sin intentar modificar, ni manipular a nadie.  ¡Y viceversa también!

Ese es el afecto auténtico; aquel que reconoce la luz del otro aun conociendo su “parte oscura” y que, a pesar de ello, a pesar de no comulgar con sus ideas, se mantiene firme dentro de nuestra alma.

El amor verdadero no es ciego, al contrario, y nunca nos “fallará”.

septiembre 5, 2012

Publicaciones en el periódico El Nacional, Cumplí 60 años, versión ampliada

24 Agosto 2012, 11:42 AM

Vivencias cotidianas de allí y aqui

Escrito, el 22 de agosto, por: Aida Trujillo Ricart (https://aidatrujillo.wordpress.com/)

Mañana, 23 de agosto, cumpliré 60 años

Si así está dispuesto por el Todopoderoso, mañana será el día en el que habré alcanzado los 60 años caminando por este planeta.

Bueno, en realidad nací casi a medianoche, por eso pertenezco al signo de Virgo, en vez de al de Leo, como otros que nacieron en la misma fecha, pero a otra hora y en otro lugar. Mi ascendente lo tengo en Géminis.

Muchas personas se avergüenzan de cumplir años, sobre todo cuando han llegado, como yo, a la madurez. Es como si, el no ser joven, implicase el no ser atractivos, el haber dejado de resultar interesante, y un sinfín de ideas que nos meten en la cabeza, ayudados por comentarios, por comerciales que nos hablan sobre las delicias de mantenernos jóvenes, por la sociedad, que en tantas ocasiones ha repudiado y repudia a las personas mayores.

Todo ello es harto sabido por todos, en general. Pero seguimos dejándonos arrastrar por esa trivialidad que puede causar el reducir nuestra autoestima y la de otros.

Nací en las afueras de la capital de la República Dominicana, después de, mi pobre madre (q.e.p.d.), haber pasado tres largas y dolorosas jornadas de parto, sin que la anhelada dilatación se manifestase en su total y necesaria presencia. Vi la luz en mi casa, como se estilaba entonces, enfrente del Mar Caribe.

Muchos suponen que, mi llegada a este mundo, fue motivo de celebración para todos y predecían que mi camino iba a ser “de rosas”.

Sin embargo, ya desde el comienzo de mis días en este mundo, fue diferente a lo previsible pues se esperaba a un varón, y no a la que soy, encantada de serlo, una mujer. De modo que ya nací llevando la contraria.

Y, como estoy doctorada en “Rebirthing”, una técnica de respiración y filosofía de la cual les hablaré en otro de mis escritos, mi entrada no fue “triunfal”, cosa que me marcó durante mucho tiempo, de forma inconsciente, y que aún sigue haciéndolo, aunque trabajo mucho mi Yo interior, o procuro hacerlo.

Confieso que no tenía, en absoluto, planeado hablar sobre mi onomástica en el día de hoy pero, al despertarme, sentí el impulso de hacerlo y, como no creo en las casualidades, me puse manos a la obra antes, ni siquiera, de desayunar. Creo que puede serle útil a alguien como, cada vez que escribo, espero que así lo sea.

Muchas personas se entristecen, cuando cumplen mis años, o menos, porque sienten que la juventud se les ha escapado. Otras, como el insigne Pablo Neruda, se limitaron a deleitarnos confesando que “habían vivido”.

Pero, finalmente, la realidad es que, como nos dice en una de sus maravillosas canciones el célebre cantautor y poeta, muy querido por mí y por multitudes, Joan Manuel Serrat, “cada quien es cada cual y baja las escaleras como quiere”, cada uno toma su decisión anímica al cumplir años o al “hacer”.

Les confieso, con toda sinceridad, que lo único que me entristece profundamente es el haber llegado a esta edad y que, el segundo de mis cuatro retoños, Jaime Mª, no haya tenido esa oportunidad. Hubiese dado cualquier cosa porque las cosas fuesen a la inversa. El no sentir su presencia, en este planeta, me duele.

El níspero que sembró mi hijo, Jaime Mª

El níspero que sembró mi hijo, Jaime Mª

Mi hijo sembró, hace ya muchos años, una semilla de níspero (español) que creció hasta convertirse en un árbol que, cada año, da frutos. Cuando lo contemplo, ahora que estoy en Madrid, se me mezclan la alegría y la nostalgia. Pero es bonito el que, el arbolito, todavía esté en la ciudad que le vio nacer.

Aunque sé que él ya está por encima de esas nimiedades con las que, nuestro ego, nos entretiene para impedir que crezcamos espiritualmente.

Por lo demás, a pesar de estar atrapada en un corsé rígido, encargado de sujetar mi espalda, para intentar sanar una vértebra que se me fracturó hace más de dos meses, y habérseme sustraído mi perrito “Chilling”, hace ya casi cuatro, todo está bien.

De hecho, aunque duela, como solía decir Adolfo Domínguez Martínez, mi maestro (q.e.p.d.), de esa espléndida técnica que menciono antes, “Lo mejor es lo que ocurre”.

Libro cuyo autor, Adolfo Domínguez Martínez, mi querido amigo, me regaló hace años

Libro cuyo autor, Adolfo Domínguez Martínez, mi querido amigo, me regaló hace años

Porque ocurre para aprender más y, mejor aún, para saber amar y ayudar más y amarse, también, a sí mismo, aunque sea un poquito más que el año anterior.

marzo 12, 2012

Publicaciones en el periódico El Nacional, Elegía y homenaje a Arturo Ruiz, uno de los más renombrados sastres de Madrid

9 Marzo 2012, 1:49 PM

Vivencias cotidianas de allí y aquí

Elegía y homenaje a Arturo Ruiz, uno de los más renombrados sastres de Madrid

Escrito por: Aida Trujillo Ricart (https://aidatrujillo.wordpress.com/)

Arturo Ruiz con su esposa, Irene Serrano y yo, Ibiza 1984

Arturo Ruiz con su esposa, Irene Serrano y yo, Ibiza 1984

Mi amiga Irene y yo, siempre unidas

Mi amiga Irene y yo, siempre unidas

Aparte de haber sido un profesional de los más grandes, un artista del arte del corte, uno de los aspectos más difíciles de su oficio, Arturo era uno de mis mejores amigos, al igual que su esposa, Irene Serrano.

Me conduelo con ella, sus hijos, nietos y demás familiares y amigos, me conduelo también conmigo misma pues le quería mucho.

                   SASTRERIA ARTURO

                                        Dirección  principal en:

Reina Mercedes, 13

                                             28020 , MADRID

Arturo Ruiz era un trabajador nato e incansable. Tenía el don de ser altamente positivo, aunque estuviese pasando un mal momento, como nos ocurre a todos alguna vez en la vida, en cualquier aspecto. Era un hombre muy recto pero, a la vez, muy cariñoso.

Él era el organizador, el amigo con el que siempre contabas, con el que tenías interesantes conversaciones, con el que podías llorar y reír.

En fin, era un verdadero amigo. No tengo palabras para expresar mi pena por su pérdida.

Es curioso que, habiendo publicado la semana pasada sobre el tema de las planificaciones y proyectos en la vida, haya ocurrido esta triste desgracia justo ahora, cuando creía que podría verle y darle un gran abrazo.

Y lo peor fue precisamente eso, mi errada planificación.

Puerta de Alcalá de Madrid

Puerta de Alcalá de Madrid

Llegué a Madrid el viernes 24 de febrero pasado y no quise llamar a Irene porque pretendía darle, tanto a ella como a su esposo, como siempre le ha llamado, una sorpresa.

Me presentaría en su casa, sin avisar, tal era el grado de nuestra amistad, mientras ellos creían que yo seguía en Cabarete. Como ese era mi plan, si llamaba desde aquí, Madrid, no hubiese sido factible, como es lógico.

Deseo añadir que, Arturo e Irene, eran una pareja sumamente unida y divertida.  A él, que era además muy inquieto, le encantaba viajar.

Y así lo hacían, muy a menudo, siempre juntos.

Arturo le llevaba bastante edad a mi amiga pero, por su energía, parecía ser más joven que todos nosotros, sus familiares y amigos.

Pero, volviendo al tema de las planificaciones, insisto en que, aunque son necesarias, tenemos que estar plenamente abiertos a los cambios que se producen en nuestras vidas.

Después de citarme con algunos médicos, cuando me liberé un poco, pedí a mi nuera que llamase por teléfono a mis queridos amigos, el viernes, día 2 de marzo, una semana después de mi llegada.

Ella me iba a hacer el favor de preguntarles si iban a salir o estarían en casa aquella tarde pues, a través de una amiga, que había llegado desde la República Dominicana, les había enviado una carta física que ella, mi nuera, prefería  entregarles personalmente. Y así lo hizo.

Pero la que se llevó una dolorosa y terrible sorpresa fui yo cuando, ella, mi nuerita, acongojada, me devolvió la llamada y me informó de que Arturo había fallecido el día anterior, el primero de este mes, y ya había sido inhumado. Todo estaba hecho.  No pude acudir a ningún acto relacionado con su muerte.

No creo en las casualidades y sé que esta ha sido otra lección de la vida. Si hubiera contactado con ellos nada más llegar, como era verdaderamente mi deseo, sin esperar, sin proyectos y de modo espontáneo, habría llegado a tiempo para despedirme de él.

Me he propuesto no volver a actuar de ese modo, que me parecía tan tierno y afectuoso, y que me hacía mucha ilusión. Era como un juego de niños e imaginaba la cara de asombro, del matrimonio amigo, cuando apareciese en persona en su hogar, en el lugar de la carta que esperaban.

Pero, muy lamentablemente, no ha sido así y la existencia me ha vuelto a jugar una mala pasada.

Arturo querido, sé que estás en el Cielo, junto a mi hijito Jaime, a quien querías mucho también.

Echo de menos tu presencia en Madrid.

Irene querida, te veré e intentaré brindarte algo de consuelo, si la vida me lo permite, en estos días.  ¡Por lo menos así lo espero y deseo, con toda mi alma!

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