Aída Trujillo

diciembre 13, 2011

Agradecimientos por el almuerzo de Navidad, que nos fue ofrecido por Don Radhamés Gómez Pepín, Director del periódico El Nacional, en nombre de su propietario, Don José Luis Corripio Estrada

12 de diciembre de 2011, Cabarete        

Agradecimientos por el almuerzo de Navidad, que nos fue ofrecido por  Don Radhamés Gómez Pepín, Director del periódico El Nacional, en nombre de su propietario, Don José Luis Corripio Estrada

 

Se acercan, para mí, fechas que, hace algo más de un año, resultaban ser alegres. Épocas  que festejaba con mis hijos, familiares y amigos, como espero que ustedes las celebren: con gozo desbordante, la casa adornada para la ocasión, música, baile y sabrosos manjares.

Recuerdo que pasaba muchas horas en la cocina, desde por la mañana, preparando esa cena especial para mis seres queridos.

Sin embargo, a partir de las del 2010, me resultan dolorosas, tristes, angustiosas, nostálgicas,  por un motivo muy poderoso: el fallecimiento de mi hijo Jaime, en el mes de julio del mismo año.

Desde entonces no acepto invitaciones de ningún tipo, para celebrarlas. Por supuesto, tampoco adorno mi hogar ni preparo nada especial.

Al contrario, prefiero acostarme temprano para que, sobre todo la Nochebuena, a la que considero una fiesta absolutamente familiar, pase rápidamente.

No obstante, el sábado día 10 pasado, al suculento almuerzo, en el que no faltó el típico lechón asado dominicano, de “mi querido periódico”, como le suelo llamar, sí acudí, al igual que hice el año pasado.

Estoy tan agradecida a su propietario, Don José Luis Corripio Estrada, y a su director, Don Radhamés Gómez Pepín, por su trato y personalidad, que no he querido dejar de aceptar ese regalo que nos han hecho, invitándonos a los que colaboramos en él.

D. Radhamés Gómez Pepín, Director de El Nacional

D. Radhamés Gómez Pepín, Director de El Nacional

 

Hotel Barceló Lina

Hotel Barceló Lina

D. José Luis Corripio Estrada (Pepín), propietario de El Nacional y de importantes empresas en la República Dominicana

D. José Luis Corripio Estrada (Pepín), propietario de El Nacional y de importantes empresas en la República Dominicana

Asistí acompañada por mi hija Haydée, algo más animada que el año pasado, por su adorable presencia.

El ambiente y la amabilidad del personal del Hotel Barceló Lina, en Santo Domingo, resultó muy agradable y, la verdad sea dicha, ambas pasamos un rato realmente encantador.

Con mi hija Haydée, durante el almuerzo

Con mi hija Haydée, durante el almuerzo

Me alegró el haber tenido la oportunidad de reencontrar a personas muy valiosas como son el propio Sr. Corripio Estrada, tan simpático como de costumbre, a Don Rafael Molina Morillo, fundador de la Revista ¡Ahora!, del vespertino El Nacional y actual director del matutino El Día, y a otros honorables compañeros.

Con el Dr. D. Rafael Molina Morillo, ganador del Premio Nacional de Periodismo 2010

Con Dr. D. Rafael Molina Morillo, ganador del Premio Nacional de Periodismo 2010

Eché en falta a algunos de ellos, periodistas, escritores, o pertenecientes a otras profesiones, que también forman parte de nuestro equipo, cuyas obligaciones les habrán impedido el personarse en el convite.

Quiero agradecer, con estas líneas, a todos los lectores que me siguen cada semana, a través del diario o del blog, prometiéndoles que intentaré publicar artículos que les resulten cada vez más agradables e interesantes.

Con amor,     

Aída Trujillo Ricart

 

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junio 16, 2010

Primera columna publicada en el periódico El Nacional de República Dominicana

Radhamés Gómez Pepín

Radhamés Gómez Pepín

Quisiera dar las gracias a D. Radhamés Gómez Pepín, el insigne periodista y director de El Nacional de República Dominicana, por permitirme escribir un artículo semanal en su reconocido periódico.  También por dejarme elegir libremente el tema del mismo.

Esta fue mi primera publicación y quisiera compartir la alegría que me produce el realizar este creativo trabajo cada semana.

3 Diciembre 2009, 10:55 AM

VIVENCIAS COTIDIANAS DE ALLÍ Y DE AQUÍ

Escrito por: AIDA TRUJILLO

En los últimos tiempos mi vida en Madrid no estaba resultando fácil.  Y no sólo a nivel económico.  Pero, sobre lo demás, no voy a entretenerles.

Aunque seguía escribiendo, la base del sustento de mi casa me la procuraba mi profesión del momento.  Ejercía como agente de seguros desde hacía algunos años.

A pesar de que en otras épocas esa actividad me había dado, con creces, para mantener a mi hijo menor, y a otro enfermo, las cosas habían cambiado.  La famosa crisis nos había alcanzado a todos.  Y, claro, la gente empezó a reducir gastos, comenzando por sus seguros.

En España existe una Salud Pública (Seguridad Social) muy buena, a pesar de que también allí nos quejábamos, se quejan.

Una gran mayoría de mis clientes, de los que tenían una póliza de enfermedad, decidió “borrarse”.  Sabían que, si les ocurría algo a ellos o a sus familiares, iban a estar bien atendidos.

Muchos de los que habían suscrito uno para el día de su jubilación actuaron del mismo modo.

La “cartera” de mis asegurados fue mermando y yo apenas si podía llegar a fin de mes.  ¡Y eso que hacía auténticas “piruetas” para conseguirlo!

Mi rutina diaria consistía en levantarme antes de las siete de la mañana, poner la cafetera y preparar el desayuno del más pequeño.

Desde siempre he tenido la costumbre de subir las persianas antes que nada.  Me horroriza la luz eléctrica por la mañana.  Sin embargo, durante casi nueve meses al año, en Madrid no amanece antes de las ocho.

El observar el cielo oscuro, a veces estrellado, me ponía de mal humor.  Trataba de alegrarme el día encendiendo la radio.  De ese modo podía comprobar que había personas que desde hacía unas horas estaban trabajando.  Y me sentía acompañada.

Cuando Nicolás, que así se llama mi más chico, se marchaba rumbo al colegio, apenas empezaba a clarear.  Todavía no se podían apagar las luces de la casa, si uno quería hacer algo.

Ponía una lavadora, cuando era necesario, me tomaba otro café, me vestía y sacaba a pasear a mi perrillo Schnauzer miniatura, “sal y pimienta”.

Al regresar del breve paseo, chequeaba los emails, tendía la ropa lavada y salía para la oficina.  Ya lucía el sol y por mi calle circulaba la gente en un ir y venir frenético, propio de las grandes capitales.

Tenía la costumbre de llevar siempre conmigo algún libro para entretenerme mientras esperaba la guagua (el autobús allí) y durante el trayecto.

Si hacía mucho frío, además de haberme enfundado en mi abrigo de lana, me ponía un gorro y unos guantes del mismo material.

Cuando llegaba a mi destino empezaba a realizar, en primer lugar, los trabajos administrativos pendientes.  En España no es aconsejable el llamar a alguien antes de las diez de la mañana para ofrecerle un seguro.  A menos que te lo haya pedido.

Mi mayor preocupación era, en aquellos momentos, el vender, producir para mi empresa.  Vivía de mis comisiones.

Nunca, cuando le daba a un interruptor, me había planteado la posibilidad de que la luz no se encendiese.  Tampoco me había preguntado si de la llave (el grifo allí) saldría, o no, agua.  Esas dos acciones las realizaba, como la mayoría de la gente, de forma automática.

Llevo aquí, en la tierra que me vio nacer, algo más de dos meses.  Puedo asegurarles que he aprendido a apreciar esos dones y a darles gran importancia.

Cuando no hay electricidad me siento contrariada, como imagino que se sentirá la mayoría de la gente.

Pero, además, si ya ha oscurecido, me encuentro aún peor porque me cuesta escribir o leer  iluminada tan sólo por velas.

Y, cuando vuelve ese don de la tecnología, me preocupa el no saber cuánto tiempo va a durar mi felicidad.

Lo de la falta de agua lo he solucionado guardando, cuando la hay, un par de cubos.  Tapados, eso sí…  ¡Por si “el dengue”!

 
   

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