Aída Trujillo

diciembre 4, 2010

Periódico Clave Digital, Nieta de Trujillo: “No soy la responsable de dar mantenimiento al panteón de mi familia”

martes 21 de octubre de 2008

Nieta de Trujillo: “No soy la responsable de dar mantenimiento al panteón de mi familia”

ANTE DESCUIDO DEL SEPULCRO EN EL PARDO

SANTO DOMINGO, República Dominicana.- La hija de Ramfis Trujillo, Aída Trujillo Ricart, aseguró que nunca ha sido la encargada de dar mantenimiento a la tumba en la que se encuentran los restos del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina y de su familia.

En una comunicación remitida a la Dirección de Clave Digital el pasado sábado 18 de octubre, la nieta del dictador explica que no es la responsable de que el panteón de la Familia Trujillo, ubicado en el cementerio madrileño de El Pardo, esté inmerso en el abandono.

Clave Digital publicó el pasado 19 de septiembre el artículo “Panteón del dictador Rafael Trujillo luce abandonado y en deterioro”, en el que se afirmaba que el panteón luce descuidado.

En dicho trabajo periodístico, se hacía referencia a que “Aída Trujillo, hija de Ramfis, es supuestamente la persona que se encargaba de dar mantenimiento a la tumba”.

“Nunca he tenido, ni tengo llaves ni libre acceso al panteón de la Familia Trujillo; cuando quería ir a visitar a mis difuntos, tenía que contar con el permiso de la viuda de mi padre, Lita Milán, de mi abuela María Martínez o con el de Víctor Sued”, enfatiza Aída Trujillo Ricart en su carta enviada a Clave Digital.

Resalta que tenía entendido que Lita Milán se encargaría del mantenimiento del sitio “como siempre me había hecho creer. Pero, por lo que veo, no ha sido así.

Ramfis Trujillo

Ramfis Trujillo

“Si se me hubiesen encomendado esa misión, por respeto a los que han abandonado nuestro plano físico, lo hubiera realizado. Y si no lo hubiese deseado, no hubiera asumido ese encargo”, indica.

Sostiene, además, que pese a estar en contra de los hechos de sus familiares, no quisiera que se le “tachara” de insensible e irresponsable.

“Mis creencias, desde hace unos años, son que una vez que uno ha abandonado su cuerpo físico, ya no está allí, donde le den sepultura. De modo que eso me resulta absolutamente indiferente”, precisa.

Manifiesta que si desea orar por sus familiares, lo hace desde su casa, pues Dios está en todos lados.

Recientemente Trujillo Ricart estuvo en España, promoviendo la historia novelada “A la sombra de mi abuelo”, una obra en la que narra su infancia en República Dominicana, parte de su vida y lo que significa descubrir que es la nieta de un tirano.

A continuación, la carta de Aída Trujillo Ricart a Clave Digital

Señor Director:

Panteón Trujillo

Panteón Trujillo

Me dirijo a usted porque nuevamente se menciona, de forma errónea, a mi persona en un artículo de prensa en República Dominicana.  Esta vez, en su periódico “Clave Digital”. Pero no encuentro el nombre del periodista que lo redactó. Sólo la fecha y el asunto del mismo.

“Panteón del dictador Rafael Trujillo luce abandonado y en deterioro. 19 de septiembre de 2008.”

Al parecer, según la persona que escribió dicho artículo, yo, Aída Trujillo, era la encargada de ocuparme del mantenimiento del panteón que guarda los restos mortales de mi abuelo y de mi padre. Por supuesto, hablo de Rafael Leonidas Trujillo Molina y de su primogénito Rafael Leonidas Trujillo Martínez, más conocido como Ramfis.

Con todo respeto, quisiera aclarar algunos puntos al respecto.

Cuando mi abuelo, el tirano, el dictador, el sátrapa o como se le quiera o se le deba llamar, fue asesinado, o ajusticiado, yo no había alcanzado aún los nueve años de edad.

Me dijeron que se le había enterrado en San Cristóbal , su ciudad natal. Pero nunca me llevaron a ver su tumba.

Un tiempo después, una vez de regreso a Europa, me enteré de que mi padre, Ramfis, había trasladado sus restos al Cementerio Père Lachaise de París. Ni se me ocurrió preguntarle cuáles habían sido los motivos que le habían inducido a hacerlo. Por entonces, los niños preguntaban poco… ¡o no preguntaban nada!

Algunos años después supe que la tumba de mi abuelo Trujillo, en la República Dominicana, había sido profanada. Tampoco me animé a preguntar los motivos, quizás intuyéndolos.

Rafael Leonidas Trujillo Molina

Rafael Leonidas Trujillo Molina

 

En diciembre de 1969, cuando mi padre falleció, fue enterrado en el Cementerio de La Almudena de Madrid, con carácter provisional, según me dijeron. Yo contaba entonces con diecisiete años de edad. Todo lo que estipularan sus albaceas, entre los que se contaban mi abuela María Martínez de Alba y Víctor Sued Recio, era algo que había que acatar sin rechistar.

Un lapso de tiempo después, estaría yo por cumplir los dieciocho años, los restos de mi padre fueron trasladados al Cementerio de El Pardo. Se me informó de que también se iban a traer, desde París, los de mi abuelo. Y así se hizo.

Yo no tenía ni voz ni voto en aquellas decisiones que, además, tampoco me importaban ni me importan demasiado.

Mis creencias, desde hace unos años son que, una vez que uno ha abandonado su cuerpo físico, ya no está allí, adonde le den sepultura. De modo que eso me resulta absolutamente indiferente.

Pero se puede imaginar que, con la edad que tenía, no se me asignara el cuidado de la última morada de mis progenitores. Máxime, teniendo en cuenta varios factores.

Cementerio Père Lachaise de Paris

Cementerio Père Lachaise de Paris

Mi padre había dejado a una viuda, Lita Milán, que no era Tantana, mi madre. Mi abuela, Doña María, aún vivía. Yo no soy su primogénita. Etc., etc.

Nunca he tenido, ni tengo, llaves ni libre acceso al panteón de la “Familia Trujillo ” situado en el Cementerio de El Pardo.
Cuando, en un principio, quería ir a “visitar a mis difuntos”, porque aún creía en ello, tenía que contar con el permiso de la viuda de mi padre, con el de su madre, Doña María, o con la de Victor Sued. Jamás pude ir por mi cuenta.

Cuando dejé de creer en aquellas luctuosas visitas, también dejé de visitar el Camposanto. Si quería, o quiero, rezar por esas almas, lo hago desde mi casa, convencida de que, en efecto, Dios está en todas partes.

Estaba persuadida por completo de que Lita Milán, la viuda de mi padre, se encargaría del mantenimiento del sitio, como siempre me había hecho creer. Pero, por lo que veo, no ha sido así.

No le extrañe, señor Director, que alucine con lo que se afirma en el mencionado artículo de su periódico. Aquello de que yo era la “encargada” de ocuparme del bendito lugar.

Aunque no crea en ello, si se me hubiese encomendado esa misión, por respeto a los que han abandonado nuestro plano físico, lo hubiera realizado. Y, si no lo hubiese deseado, no hubiera asumido ese encargo.

Gracias por publicar esta fe de errata que espero se reduzca únicamente a eso. Porque, a pesar de estar en contra de los hechos de mi abuelo y de mi padre, no quisiera que se me tache de insensible ni de irresponsable.

Cordialmente,

Aída Trujillo Ricart

 

 

marzo 24, 2010

Paul Rivero, escritor, opina sobre Aída Trujillo, “Una discipula de Proust en la familia de Trujillo”

DIARIO LIBRE|RAUL RIVERO

Una discípula de Proust en la familia de Trujillo

  • 06.06.2009

>Jueves

Árbol y después bosque

Conocí a un poeta que, cuando murió su madre, le escribió una elegía en décimas. Un poema enorme, espiritual, de quintillas cerradas, en el que prometía reencontrarse con ella una mañana clara en un lugar de la primavera. El jefe de uno de aquellos partidos estalinistas empotrados en América le reprochó al escritor la forma subjetiva, inmaterial y desesperada que usaba -un hombre de izquierdas como él- en ese trance. El autor le respondió: «Señor, a mi madre yo la recuerdo como me da la gana».

Pues sí. Yo creo que ni las ideologías, ni el miedo, ni los compromisos comerciales, ninguna de las prótesis que se usan para andar por la vida, pueden interferir en los asuntos familiares, en los sentimientos y, mucho menos, en la memoria, ese reino de neblinas, imprecisiones y extravagancias donde todos los hombres controlan el tiempo, violan la ley de la gravedad y viven como dioses unos pocos segundos de las noches inmensas.

Todo esto viene a cuento porque en República Dominicana ha vuelto salir, como una exhalación, el tricornio de Rafael Leónidas Trujillo. Recorre pueblos, valles y montañas en las páginas de una novela escrita por la nieta del dictador, Aída Trujillo Ricart, una mujer de 54 años residente en España.

El libro se titula A la sombra de mi abuelo y acaba de recibir el Premio Manuel de Jesús Galván que entrega el Ministerio de Cultura.

Para algunos críticos y para personas emparentadas con víctimas de Trujillo, que gobernó esa nación como una finca o un cuartel durante 31 años (1930-1961), la obra no da la talla artística y enaltece la figura de uno de los numerosos payasos armados que insultaron con su espadón y su megalomanía el siglo XX americano.

El historiador Franklin Franco Pichardo, que de muy joven tuvo que salir al exilio perseguido por la policía trujillista, dijo a la prensa que el libro sobre el dictador deshonra el Premio Manuel de Jesús Galván y carece de calidad literaria.

A la sombra de mi abuelo compitió con otros 13 libros. El jurado estuvo integrado por los escritores Jorge Volpi, de México; Manlio Argueta, de El Salvador, y el dominicano Roberto Marcallé Abreu.

El ministro de Cultura, José Rafael Lantigua, tampoco está feliz con el galardón para la nieta de Trujillo, pero pidió comprensión a los sectores soliviantados porque el tribunal que juzgó las obras actuó con plena libertad.

Marcallé Abreu, quizás el más cuestionado de los jurados, dijo que el libro tiene algunas deficiencias técnicas, pero que narra un increíble drama humano.

No se trata de un apología de Trujillo, dijo el escritor, que llamó a los detractores de la obra a leerla con detenimiento. Se trata, más bien, de «una amarga situación que ella [la autora] ha sobrellevado de una manera muy sufrida toda la vida».

Las declaraciones de Marcallé Abreu no han impedido que dos dominicanos considerados héroes nacionales y siete organizaciones patrióticas hayan publicado un documento en el que recuerdan que durante el mandato de Trujillo fueron asesinados 35.000 dominicanos y otros 55.000 sufrieron cárcel y persecución.

La escritora, Aída Trujillo Ricart, explicó que su intención ha sido dar una perspectiva familiar de su abuelo, «el ser más tierno que la acompañó en su infancia».

En una entrevista concedida en noviembre, la señora Trujillo dijo que el libro es un relato novelado, en el que ha dejado volar la imaginación. «Éste», aclaró, «no es un ensayo de Historia».

Recordó que en varias oportunidades ha pedido perdón a las posibles víctimas directas o indirectas de su abuelo o de su padre, Ramfis Trujillo. «Todos tenemos derecho a tener distintos puntos de vista, por supuesto. Y más cuando, de un modo u otro, hemos sido victimas de una dictadura. Por suerte, hoy en día, tanto en Dominicana como en España vivimos en democracia», añadió.

El escritor mexicano Jorge Volpi dijo que la novela era la mejor de las que se presentaron al concurso. «El premio es para la novela, no para su autora. Y desde luego no debe interpretarse como una reivindicación de la figura de Trujillo».

La Historia es la crónica leal de la vida. La descripción, la copia al carbón de los acontecimientos. Son páginas donde la imaginación no puede (no debe) pervertir la realidad.

La memoria suele ser la evocación de una historia personal recordada y compuesta con libertad.

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